Durante el auge del género musical conocido como salsa en Nueva York, diversos compositores cubanos perdieron el control sobre sus obras. Las compañías discográficas estadounidenses grabaron miles de canciones creadas en las décadas de 1930, 1940 y 1950.
El bloqueo económico impuesto a Cuba en 1962 impidió las transacciones financieras entre ambos países. Esta restricción legal imposibilitó que los creadores residentes en la isla cobraran las regalías correspondientes por la reproducción de su música.
Las empresas discográficas aprovecharon esta coyuntura internacional para utilizar el catálogo musical cubano. Los sellos registraron las composiciones bajo la etiqueta de Derechos Reservados (D.R.) o como obras de autores anónimos.
En otros casos, los productores modificaron fragmentos de las letras originales para registrar las canciones como obras nuevas. Esta práctica evitó el pago de compensaciones económicas a los verdaderos creadores de las piezas musicales.
Fania Records y el registro de canciones cubanas
El sello Fania Records, fundado en 1964, lideró la distribución de esta música en Estados Unidos. El propio nombre de la disquera proviene de la canción “Fania Funché”, escrita por el compositor cubano Reinaldo Bolaños.
El catálogo de la empresa incluye múltiples ejemplos de esta apropiación de derechos. El músico Ray Barretto grabó el tema “Llanto de cocodrilo”, una composición original de la agrupación cubana Los Compadres.
Por su parte, Johnny Pacheco interpretó la canción “El Diablo”, cuyo título original es “Diablo Tun Tun”. Esta obra pertenece al compositor cubano Bienvenido Julián Gutiérrez, quien no recibió el crédito correspondiente en las primeras ediciones.
El disco del músico Roberto Roena que incluye el tema “Que se sepa” también presenta omisiones. Los créditos del álbum no especifican los nombres de los autores originales de varias pistas incluidas en la grabación.
El origen comercial del término salsa
El cantante Ismael Rivera interpretó temas de autores cubanos durante su carrera. Las composiciones de figuras como Arsenio Rodríguez también formaron parte de los repertorios de las orquestas formadas en Estados Unidos.
Ante la falta de reconocimiento y pago de regalías, los músicos cubanos cuestionaron la creación del concepto “salsa”. Los artistas de la isla señalan que esta palabra funcionó como una estrategia de mercadotecnia.
La etiqueta comercial permitió a las disqueras agrupar diversos ritmos afrocubanos bajo un solo nombre en Nueva York. Esta categorización facilitó la venta de discos sin vincular directamente el producto con su origen geográfico.
Investigaciones sobre la historia de la música caribeña documentan este fenómeno. Los historiadores señalan que la industria musical neoyorquina construyó su éxito financiero sobre la base rítmica creada previamente en Cuba.